Palabras que caen del silencio
Por Pablo Focinito (sacado de El Aleph)
Hace unos meses me prestaron un libro de poesías de un autor del que ni siquiera había oído hablar. Lo cierto es que cuanto más me adentraba en su lectura, más ganas tenía de compartir este secreto con ustedes. A continuación se enterarán de quién les estoy hablando, y de cómo escribía este hombre, dueño de una obra que ha permanecido prácticamente oculta durante años, una obra tan prolífica como bella.
No muchos saben quién fue César Mermet. Y muchos menos son los que lo conocieron. Y aún son menos los que conociéndolo, supieron que escribía. Borges, por ejemplo: "He conversado algunas veces con él; no me dijo que era poeta. Sé que era un curioso lector; su memoria estaba poblada de versos".
Este silencio también incluyó a su labor como escritor: Mermet falleció el 13 de junio de 1978, dejando inédita casi la totalidad de su kilométrica obra. Lo poco que publicó apareció en algunas revistas y en una antología.
Fue al año de su muerte que editaron La lluvia y otros poemas (Rodolfo Alonso, 1979). Este libro (con prólogo y selección de un amigo suyo, Félix della Paolera) reunía "creaciones pertenecientes a su período más representativo, aquel en que su modo de expresarse ya está inequívocamente definido y ha tomado posesión de los recursos formales idóneos que identifican su estilo"*.
Oh cómo cantan en secreto solidario
el manso mundo de la planta.
Se convocan las ciegas.
Deliberan.
Verde cauto.
Entona el árbol su densa partitura.
Atlante de la voz,
el orbe del nublado descansa en su nobleza,
y aún contiene cantando
distancias de congoja,
declives inminentes.
Oh cómo surge ileso del silencio.
Sostén cantable, solo de fronda,
invoca, modula en torno rondas
suspensas o dormidas,
y coros sordos cóncavos como la hora.
Ámbito en asamblea.
Recinto agazapado reptando en retroceso
y reverencia oscura.
Oh presencias crecientes?
Tiembla el árbol.
Apenas una duda de hojas.
Y caen al círculo quieto los silvanos,
los sátiros del viento,
turbios, persiguiendo sus rabos.
Asombran la liturgia,
aceleran la tarde en vértigos concéntricos,
ahíncan locamente las tensiones sufrientes.
Y la víspera estalla.
El trueno se derrumba.
Triunfa el tiempo.
La identidad, fluyendo, desemboca.
Respira al fin la tarde sofocada,
enloquece bandadas,
libera el alarido.
Así comienza "La lluvia", un extenso poema que en 1951 había obtenido, del Gobierno de la Provincia de Mendoza, el Primer Premio de Poesía. Della Paolera nos cuenta: "El premio incluía también la entrega de una suma de dinero al autor para editar el libro, él prefirió invertirla en un viaje a Chile."*
César Mermet nació el 11 de octubre de 1923 en Santa Fe. Allí pasó su juventud. Aquellos pagos, sus estudios de adolescente en la Escuela de Artes Plásticas de esa ciudad, y el claro sentido musical con que trabaja no sólo las palabras sino también las imágenes, son algunos de los elementos que ayudaron a definir su estilo poético. Y aunque también vivió en Mendoza ("amaba esa provincia") y en Buenos Aires, "son muy contadas las ocasiones en que su poesía aparece desligada de las inconfundibles entrañas litorales."*
Garcilaso, Quevedo, Antonio Machado y Jorge Guillén se hallaban entre sus autores españoles preferidos. Fuera de estos aparecían, entre otros, Ezra Pound, Dylan Thomas, Rimbaud, Rilke y Saint John Perse.
En la actualidad, algunos escritores (entre los que se encuentra Pedro Mairal) están trabajando en la selección de los textos que integrarán la obra completa de Mermet. Cuando ésta sea publicada vamos a comunicarlo.
Por lo pronto, los dejo con los últimos versos de "La lluvia".
De una lluvia que llega del silencio.
Mano pequeña de la transparencia
crédula como los ancianos que amaron,
sabia como los niños que conocen la muerte.
Palpa sin intención, ni tacto,
ni celestemente
el rostro de las formas,
buscando en lo divino lo terrestre,
ordenado por los cielos.
Dejando el mundo entero,
y los nombres recientes.
Aunque el cantor mire los cielos
ya cortados por vínculos de altura,
y llore y diga su condición caída
de milagro en la calle,
su fatigada índole llana
de cierto charco y falso cielo,
contemplará también el árbol
de sílabas cubierto
musitando sus luces,
ya ensanchando su calma,
otra vez respirando propósitos del agua.
Y alcanzará su cifra,
su gota de sentencia:
Árbol:
Sostén cantable,
solo de fronda, sola,
el orbe de los cantos
descansa en su nobleza,
atlante de la voz,
capitel de visiones,
columna que levanta el tiempo al cielo.
* Las citas entrecomilladas pertenecen al prólogo que Félix della Paolera escribió para el libro La lluvia y otros poemas.
El Aleph, octubre 2002
No muchos saben quién fue César Mermet. Y muchos menos son los que lo conocieron. Y aún son menos los que conociéndolo, supieron que escribía. Borges, por ejemplo: "He conversado algunas veces con él; no me dijo que era poeta. Sé que era un curioso lector; su memoria estaba poblada de versos".
Este silencio también incluyó a su labor como escritor: Mermet falleció el 13 de junio de 1978, dejando inédita casi la totalidad de su kilométrica obra. Lo poco que publicó apareció en algunas revistas y en una antología.
Fue al año de su muerte que editaron La lluvia y otros poemas (Rodolfo Alonso, 1979). Este libro (con prólogo y selección de un amigo suyo, Félix della Paolera) reunía "creaciones pertenecientes a su período más representativo, aquel en que su modo de expresarse ya está inequívocamente definido y ha tomado posesión de los recursos formales idóneos que identifican su estilo"*.
Oh cómo cantan en secreto solidario
el manso mundo de la planta.
Se convocan las ciegas.
Deliberan.
Verde cauto.
Entona el árbol su densa partitura.
Atlante de la voz,
el orbe del nublado descansa en su nobleza,
y aún contiene cantando
distancias de congoja,
declives inminentes.
Oh cómo surge ileso del silencio.
Sostén cantable, solo de fronda,
invoca, modula en torno rondas
suspensas o dormidas,
y coros sordos cóncavos como la hora.
Ámbito en asamblea.
Recinto agazapado reptando en retroceso
y reverencia oscura.
Oh presencias crecientes?
Tiembla el árbol.
Apenas una duda de hojas.
Y caen al círculo quieto los silvanos,
los sátiros del viento,
turbios, persiguiendo sus rabos.
Asombran la liturgia,
aceleran la tarde en vértigos concéntricos,
ahíncan locamente las tensiones sufrientes.
Y la víspera estalla.
El trueno se derrumba.
Triunfa el tiempo.
La identidad, fluyendo, desemboca.
Respira al fin la tarde sofocada,
enloquece bandadas,
libera el alarido.
Así comienza "La lluvia", un extenso poema que en 1951 había obtenido, del Gobierno de la Provincia de Mendoza, el Primer Premio de Poesía. Della Paolera nos cuenta: "El premio incluía también la entrega de una suma de dinero al autor para editar el libro, él prefirió invertirla en un viaje a Chile."*
César Mermet nació el 11 de octubre de 1923 en Santa Fe. Allí pasó su juventud. Aquellos pagos, sus estudios de adolescente en la Escuela de Artes Plásticas de esa ciudad, y el claro sentido musical con que trabaja no sólo las palabras sino también las imágenes, son algunos de los elementos que ayudaron a definir su estilo poético. Y aunque también vivió en Mendoza ("amaba esa provincia") y en Buenos Aires, "son muy contadas las ocasiones en que su poesía aparece desligada de las inconfundibles entrañas litorales."*
Garcilaso, Quevedo, Antonio Machado y Jorge Guillén se hallaban entre sus autores españoles preferidos. Fuera de estos aparecían, entre otros, Ezra Pound, Dylan Thomas, Rimbaud, Rilke y Saint John Perse.
En la actualidad, algunos escritores (entre los que se encuentra Pedro Mairal) están trabajando en la selección de los textos que integrarán la obra completa de Mermet. Cuando ésta sea publicada vamos a comunicarlo.
Por lo pronto, los dejo con los últimos versos de "La lluvia".
De una lluvia que llega del silencio.
Mano pequeña de la transparencia
crédula como los ancianos que amaron,
sabia como los niños que conocen la muerte.
Palpa sin intención, ni tacto,
ni celestemente
el rostro de las formas,
buscando en lo divino lo terrestre,
leyendo por amor, letra por letra.
La presencia entregada del agua
tan semejante a estar ausente,
nombra y renombra y canta
un sustantivo brillo sobre los nombres,
y la edad recomienza sobre el mundo
fundada en la certeza
de un pueblo que despiertaordenado por los cielos.
Así cesen los cantos
como cesan las aguas.Dejando el mundo entero,
y los nombres recientes.
Aunque el cantor mire los cielos
ya cortados por vínculos de altura,
y llore y diga su condición caída
de milagro en la calle,
su fatigada índole llana
de cierto charco y falso cielo,
contemplará también el árbol
de sílabas cubierto
musitando sus luces,
ya ensanchando su calma,
otra vez respirando propósitos del agua.
Y alcanzará su cifra,
su gota de sentencia:
Árbol:
Sostén cantable,
solo de fronda, sola,
el orbe de los cantos
descansa en su nobleza,
atlante de la voz,
capitel de visiones,
columna que levanta el tiempo al cielo.
* Las citas entrecomilladas pertenecen al prólogo que Félix della Paolera escribió para el libro La lluvia y otros poemas.
El Aleph, octubre 2002
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